Amigues, compañerxs, latinoamericanxs todxs: Sabemos que, a muchas y muchos, esta forma de escribir les molesta. Es rara. ¿Por qué cambiar algo que lleva siglos funcionando? ¿Por qué, si sabemos que el plural masculino incluye a hombres y mujeres, usamos otras formas para expresarnos? Queremos explicar aquí este cambio que estamos aplicando en nuestras comunicaciones, y por qué decidimos implementarlo.

Para partir, tenemos que explicitar nuestro diagnóstico. La desigualdad de género en el mundo es brutal, y el lenguaje no está libre de esta inequidad. Muchas de las formas en las que hablamos y escribimos en español invisibilizan a las mujeres o a quienes no se identifican con los géneros masculino o femenino.

La llegada a la Fundación de Eglé Flores (nuestra Coordinadora Regional en temas de Herramientas de Facilitación e Incidencia), quien tiene experiencia en estas materias, nos hizo darnos cuenta de lo urgente que era este cambio: Si somos testigos de una injusticia, lo mínimo que podemos hacer es reconocerla en el lenguaje. Partir por cambiar cómo hablamos y escribimos, para llegar a cambiar cómo actuamos, cómo están diseñadas nuestras instituciones, reglas y culturas.

Hacer pequeñas modificaciones en el lenguaje, que no asuman que todos quienes componen un colectivo se identifican con el género masculino, es un paso. Es reconocer, en nuestro discurso y narrativa que hay diversas formas de ser, de identificarse, y que muchas veces exceden el binario masculino-femenino. Es un acto afirmativo, reconocer que nuestras sociedades son diversas, plurales, y que en eso hay un valor. Reivindicar el derecho a autoconstruirse y autodefinirse es una acción profundamente democrática, y por eso nos comprometemos con ello.

Honestamente, a veces se siente raro expresarse así. Escribir ‘todos y todas’, ‘todes’, o el más rupturista ‘todxs’, en vez del tradicional y supuestamente aproblemático ‘todos’; no es algo que salga natural. Pero precisamente de eso se trata: cuestionar lo que se nos entrega, preguntarnos qué podemos hacer -en todos los ámbitos- para cambiarlo. Incomodarnos, incomodar un poco a quienes nos leen, cuestionar los lineamientos de la RAE, son todos contratiempos necesarios.

Tampoco se trata de atribuirle omnipotencia al lenguaje, pero sí de entenderlo como un canal de símbolos capaz de perpetuar desigualdades históricas. Por tanto, elegir nuestras palabras y modificar nuestro lenguaje es un acto político. Como equipo de comunicaciones queremos usar nuestras herramientas para aportar a la democracia, a la redistribución del poder y -sobre todo- a disminuir las desigualdades de información.

El cambio no es instantáneo, y probablemente nos vamos a equivocar. Estamos buscando distintas formas de ser incluyentes, probando y experimentando. De hecho, todos nuestros textos pasan por varias correcciones inclusivas antes de publicarlos. Pero estamos en este camino, queremos avanzar. Esto es por el bien de todas, todos, y todes.